Se sentía como un puñado de huesos llenos de polvo,
olvidados en alguna recóndita esquina, de esos de los que ni se molestan en
enterrar. Como una concha en la deriva, sumergida en espuma de mar, escuchando
los ecos resonando por su espiral en la orilla.
Vacía, inmensamente vacía, como si cupiese un universo
entero dentro de ella, como si el abismo se hubiese apoderado de su existencia
y lo que quedase de su cuerpo fuese solo un trozo de densidad que la adormecía.
Se había secado, y la aridez se palpaba bajo sus pestañas,
en una mirada opaca en la que sólo se discernía un infinito, un pozo sin fondo,
inerte, totalmente parada en el tiempo: Destruida.
“Quisiera devorar tu corazón para volver a la vida” pensó.
Y la sangre empezó a fluir dándole un leve color a sus mejillas. Aquella emoción se apoderaba lentamente de ella y, por fin, después de mucho tiempo, sonrió.
Y la sangre empezó a fluir dándole un leve color a sus mejillas. Aquella emoción se apoderaba lentamente de ella y, por fin, después de mucho tiempo, sonrió.
“Los devoraré a todos”. Se reía.
Se convirtió en aquello que más temía.
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