Caminaba
bajo la noche infinita. Los colores del cielo vestían la tierra bajo mis pies…
Una maravillosa nebulosa de remolinos centelleantes; malvas, turquesas, rojos, violáceos,
plateados y azules… Deslumbrantes y resplandecientes, indescriptibles e
inexistentes del planeta del que provengo.
Las montañas de hielo, custodiando el horizonte, marcaban el fin del mundo. Y,
en lo alto, el satélite, la luna plutoniana, grisácea, casi perlina, por un
lado oculta, por el otro, brillante como un pedacito de agua pura, como una
lágrima congelada en el lagrimal del universo.
Casi pareciese que Caronte fuese mi
única compañía, y que mis propios pensamientos, fueran su voz sonando en
mi mente por telepatía. Respirar el aire era como convertirse en un trozo de
cristal. La proyección de la luna desvelaba mis huellas, que se deshacían en
segundos, convirtiéndose en polvo, como si jamás nadie hubiese estado allí.
El silencio llegaba a todos los rincones, incluso a los de mi imaginación. Un
silencio puro, apabullante, y, para cualquiera demasiado humano, escalofriante,
pues es el silencio de lo inerte, de la ausencia de vida, donde ya no tienen
cabida las melodías naturales del mundo: de una hoja cayendo, del agua
fluyendo, o de cualquier palpitante latido de un mamífero durmiendo. Era el
sonido de lo inexistente, del infinito, como si el universo se hubiese tragado la
vida y sólo se oyese el tiempo infinito.
De toda esa inmensa oscuridad y todos los lugares que esconden los límites del
espacio y el tiempo, éste es, sin duda… Mi lugar favorito.
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