jueves, 30 de junio de 2016

Jefe cicatriz.

La noche se sugería en el cielo, la oscuridad caía sobre los últimos rastros de malva en el horizonte. Comprendí que tenía que darme prisa y encontrar pronto un lugar donde resguardarme pues las leyendas que se contaban en la ciudad, decían que en la montaña había terribles monstruos que aparecían de las tinieblas con la puesta del sol y que devoraban sin piedad a quienes se perdían en el bosque.
La suerte decidió aparecer esta vez, pues escuché a lo lejos un sonido palpitante. Me dejé llevar por lo que parecía, el ritmo de unos tambores y pronto divisé la cálida luz de una gran hoguera. Se trataba de un pequeño poblado que festejaba alegremente lo que interpreté como un ritual sagrado.
Pronto me rodearon multitud de ojos curiosos, me ofrecieron comida y asiento. Se acercó uno de ellos. Hablaba mi idioma. Me saludó cálidamente y me dijo que festejaban así cada luna creciente, pues cuánto más la adoraban más les colmaba de riquezas.
Después, me condujo a una pequeña cabaña unos metros alejada del poblado. Entendí que querían que conociese a su líder.
Antes de entrar, quiso contarme la historia de aquél a quien llamaban Jefe Cicatriz.
Le veneraban porque era el protector del poblado, un espíritu inmortal que estaba destinado a luchar contra las criaturas de la noche y que su cuerpo mortal había quedado marcado por cada uno de esos encuentros, sellando en su propia piel el alma de cada una de esas criaturas para que nunca más volviesen a devorar a ningún ser humano.
Entré a la cabaña. Ahí estaba él. Una figura masculina de algo más de dos metros de estatura, en la penumbra, sólo se dejaba intuir una enorme silueta recortada por los poderosos rayos de la blanca luna que atravesaban el ventanal. Sus rasgos eran fuertes, toscos, tenía unas profundas arrugas en el rostro. No dijo nada, solo me miró. Sus ojos ardían como los de una criatura salvaje. Se alzó y se quitó la manta que le cubría y dejó ver un cuerpo lleno de cicatrices nacaradas que resplandecían en la penumbra y resultaban extrañamente hermosas. Tenía un halo hechizante, misterioso, solemne que me hizo sentir una repentina parálisis y un profundo terror.
Se acercó rápido y ágil como un tigre hacía mí. Hundió la mano en mi pecho y de un tirón seco arrancó mi corazón. No tuve tiempo de gritar. Caí al suelo de lado. Le observé comerse mi corazón de forma impasible, sin apartar sus ojos felinos de los míos, que poco a poco se iban apagando. Sin embargo, antes de que todo se volviese oscuridad, pude ver como en su mejilla izquierda se esculpía una plateada cicatriz, y, en ese último instante, vi como sus ojos brillaban y sentí cómo devoraba mi alma y cómo la juventud volvía a su cuerpo.

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