Sin embargo, todos los seres que habitaban en él sabían que ese invierno acabaría porque su protectora siempre estaría ahí para hacer llegar la primavera y hacer salir el sol de nuevo.
Era un espíritu solitario, una figura humanoide con cuerpo de hembra humana. Poseía unas poderosas alas, grandes garras en sus manos, ojos de águila, fuerte colmillar y unos enormes cuernos de ciervo que coronaban su cabeza. Apoyaba su vigoroso cuerpo sobre dos robustas patas de loba, de piel perlina, escamosa en el pecho y vientre. La llamaban Mandrágora.
Llevaba consigo un manto mágico que cubría su cuerpo, de color rojo intenso y brillante como una gota de sangre, de una longitud interminable, que arrastraba por la tierra de manera serpenteante en su caminar.
Llevaba consigo un manto mágico que cubría su cuerpo, de color rojo intenso y brillante como una gota de sangre, de una longitud interminable, que arrastraba por la tierra de manera serpenteante en su caminar.
Todos los animales del bosque sabían cuándo se acercaba, porque en su solemne avance, a cada paso que daba, hincaba un golpe en la tierra con un bastón que retumbaba en el suelo y el sonido se hacía eco entre los árboles.
Llevaba una eternidad paseando por los bosques, protegiendo a cada una de sus criaturas de los fuegos, los monstruos y de los crueles inviernos.
Mandrágora contemplaba la caída del débil sol invernal entre los cielos cuando escuchó un gemido de angustia.
Pronto acudió al lugar de dónde provenía ese sonido. Encontró un ciervo desvalido.
Pronto acudió al lugar de dónde provenía ese sonido. Encontró un ciervo desvalido.
-Mandrágora, he perdido mis cuernos, no podré cortejar... Nunca podré encontrar el amor- Lloraba el ciervo.
Mandrágora entonces, decidió darle los suyos, puesto que volverían a crecer.
Mandrágora entonces, decidió darle los suyos, puesto que volverían a crecer.
Siguió recorriendo el camino, y encontró, oculto en la nieve, un pájaro maltrecho.
-Mandrágora, me han arrancado mis alas, jamás volveré a volar.- Sollozaba el pájaro.
Mandrágora entonces, decidió darle las suyas, puesto que volverían a brotar.
Mandrágora entonces, decidió darle las suyas, puesto que volverían a brotar.
Una vez más, continuó su camino. Dónde halló una pantera ciega.
-Mandrágora, me han arrancado los ojos, jamás podré volver a contemplar el amanecer.- Se lamentaba la pantera.
Mandrágora entonces, le entregó los suyos, pues ella no los necesitaba para ver.
Continuó por el sendero, dónde encontró un lobo malherido.
-Mandrágora, he perdido una pelea. Me han echado de la manada, si no recupero mi honor, nunca podré regresar- gemía el lobo.
-Mandrágora entonces, le dio sus fuertes garras y sus colmillos, pues con ellos ganaría al jefe de la manada. "Volverán a crecer". Pensó.
Siguió avanzando, pero pronto se encontró una horrible escena: Un conejo ensangrentado en la nieve.
Siguió avanzando, pero pronto se encontró una horrible escena: Un conejo ensangrentado en la nieve.
-Mandrágora, un cazador me arrancó la piel...
Mandrágora entonces, le cedió su manto mágico y le dijo que volvería a por él al amanecer, cuándo éste hubiese regenerado su piel.
Mandrágora se sentía casada y débil. Sin su manto, sus garras, colmillos, ojos, alas y cuernos, su inmortalidad peligraba y necesitaba refugiarse esa noche, por lo que se escondió en la parte más profunda y recóndita de una cueva.
Llevaba horas en un completo y absoluto silencio, consumida por la oscuridad, hasta que entró una anciana envuelta en un manto negro.
Extendió su mano y dijo:
Extendió su mano y dijo:
-Mandrágora, soy la muerte. Quiero tu vida.
Mandrágora entonces, quiso oponerse. Pero su cuerpo y alma estaban demasiado débiles como para luchar. Y se dejó ir. En un último suspiro cayó en el suelo, fría e inerte.
El invierno jamás se fue, y, dónde alguna vez estuvo el rojo manto de Mandrágora sólo quedó un río de angulosas piedras que cruzaba lo que alguna vez fue un frondoso bosque y dónde la vida fue consumida por el hielo y la nieve.
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