Allí, donde cada lugar es acariciado por un
tenue manto helado, donde la nieve cubre las cumbres de las altas montañas y el
frío recorre los valles y congela los lagos; allí, en un lugar perdido en el fin
del mundo, es donde cuentan que aquella historia ocurrió. Una historia que aun
a pesar de haberse sucedido hace tantísimo tiempo, su significado ha hecho que
no se olvide y que con cada nueva nevada su espíritu vuelva a resurgir.
Cuentan
que él, joven y apuesto, se hallaba enamorado de una mujer, decían, de una
belleza casi comparable a la pureza de la blanquísima nieve que cubría al
pueblo cada invierno, de tez pálida, ojos grisáceos, cabellos blancos y rasgos
finos y suaves, convirtiéndola en una albina extremadamente hermosa. Edelweiss,
se llamaba.
Se
encontraba Edelweiss recogiendo agua de la fuente cuando él se acercó y,
tímidamente la cogió de las manos. Llevaba días escogiendo las palabras
adecuadas para confesarle lo que sentía, pero ahora, bajo la hechizante mirada
de esos ojos como la niebla, casi pareció olvidar por completo aquel discurso
que se había aprendido de memoria y titubeando alcanzó a decir, de la manera
más sencilla y sincera:
-No
podría demorar por más tiempo, amada mía, el momento de confesarte todo aquello
que por ti siento. Sufro cada noche y cada día de dolor por dentro, al
reconstruir tu bello rostro no sólo cuando sueño, sino también a cada instante
que cierro los ojos, pues, es este sentimiento tan grande e imparable que una
tempestad que amenazase con arrasar el pueblo, no podría ni con toda su furia,
llevarse un solo ápice de mi afecto. Ni siquiera toda la nieve de estas
montañas que nos rodean sería capaz un solo momento, de apagar el fuego que
hace latir la sangre que hace a mi corazón vivir. Vengo a deciros, gentil
Edelweiss, que os amo con todo mi ser.
Sorprendida
pero halagada, entrecerró coquetamente los párpados, dejando solo entrever una
pequeña parte de sus iris plomizos a través de sus largas pestañas. Recorrió su
rostro mirándole silenciosamente dejando la otra de sus manos entre las de él.
Sonrió tiernamente, y con un gesto en un tono totalmente diferente, habló con
ironía:
-¡Oh,
Amado mío! ¡Abrumada me hallo ante tanta galantería! Pero no me malinterpretes,
puesto que recibo tus palabras con el dulce mensaje con el que las proclamas.
No obstante, ¿No te parece que toda declaración debe estar acompañada de
hazañas?
Abrió
los ojos aturdido, y con firmeza volvió a apresarla entre sus manos, mientras
dijo convencido:
-Hermosa
Edelweiss, aquí, donde me veis, os pregunto ¿Qué es lo que queréis? Porque os
aseguro que conseguiré todo aquello de lo que carezcáis si así consigo
demostraros lo que profeso y conseguir aunque sea, una mínima parte de vuestro
desvelo.
Sus
finos labios sonrieron dejando ver una dentadura perlina y una melodiosa
carcajada rompió la seriedad que los comprometía en ese momento. Después, alegó
risueña:
-¡Enamorado
mío! Os tomo la palabra y os digo, que si no es verdad que por mi amor lo que
fuera haríais, este es el momento de que huyáis, porque el reto que os vengo a
proponer no está al alcance de miedosos y cobardes.
La
miró sin mediar palabra, dando a entender que quería escuchar atentamente su
propuesta, excluyendo cualquier desliz en su rostro que pudiera romper el
compromiso al que se entregaba. Ante la seguridad de él, ella prosiguió:
-Cuenta
la leyenda, que una noche, una de las estrellas de las que relucen en el cielo
le lloró a la luna y le declaró que sentía envidia de todo aquello que vivía en
la tierra y que deseaba abandonar el firmamento para convertirse en una flor.
La luna sintiéndose despechada decidió vengarse enviándola al primer pico más
alejado de la tierra que en ese momento divisó, fijándose en una cumbre
nevada que vista desde el suelo se pierde en cielo por su altitud. Se trata de la
enorme montaña que custodia nuestro pueblo. Allí, la estrella, bañada por la
nieve se transformó en una hermosísima flor de pétalos blancos, que siempre
estaría sola en lo alto de la montaña. Es la llamada flor de las nieves.
Hizo una pausa y rompiendo el tono solemne
con el que había narrado la historia, recuperó el matiz socarrón al decir:
-Si
es verdad que por mi murieras, allá a buscar esa flor fueras… Y ya te aviso,
que si no la consiguieras, tampoco mi amor obtuvieras.
El
rostro del joven palideció un momento. Después volvió a recobrar color cuando
sus mejillas se encendieron mientras oprimía los puños y apretaba los
dientes. Sus ojos casi llamearon cuando juró:
-¡Por
tu amor Edelweiss, yo te traeré esa flor!
Y
se marchó con un firme caminar.
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Dicen que pasaron muchos días y que el joven
nunca regresó. También dicen que aunque ella reía todas las mañanas cuando la
luz le descubría el rostro, por las noches, cuando nadie la veía, sollozaba y
rogaba que él volviera junto a ella.
Acabó
perdiendo el juicio, sin salir de casa y llorando amargamente todas las
noches mientras contemplaba aquella enorme montaña cubierta de nieve.
Su
pena culminó una de aquellas frías y largas noches, en la que según
cuentan las descendencias de los vecinos de aquel lugar, a las tinieblas salió,
totalmente desnuda a buscarle, gritando su nombre hasta desgarrarse la voz.
Desde
entonces en su honor, la flor de las nieves es llamada ahora Edelweiss y es
símbolo del amor verdadero y eterno, como el de los dos jóvenes que murieron
arropados por la nieve.
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