Todos los días, al volver del trabajo, tenía que atravesar
un amplio jardín. Estaba algo oculto, a las afueras de la ciudad. Pero no me
importaba, me gustaba disfrutar de la belleza que me otorgaba aquel camino; me
deleitaba oliendo las flores, tocando la suave madreselva con mis manos y,
escuchando el tenue sonido de los insectos que convivían con el agradable
silencio de aquel jardín desconocido. La complicidad de aquella soledad me
arropaba todos los días a la vuelta a casa, curando y sanando todos mis
quebraderos de cabeza. Era como una especie de limbo: Siempre olía a tierra
mojada y por muy gris que fuese el día, siempre se colaba un poco de luz entre
las ramas, y, por mucho frío que hiciese, los troncos y la maleza me cobijaban,
ofreciéndome su abrigo. Solía pasarme horas allí, dibujando, escribiendo,
pintando o leyendo un libro hasta que anochecía. Siempre disfruté tanto de mi
soledad que aquél lugar se había vuelto un segundo hogar.
Pero un día fue distinto. Aquél día entré en el jardín,
esperando dejar volar mi mente abstrayéndome en el verde resplandeciente que
una mañana lluviosa había dejado en las hojas de los árboles. Esperaba
contemplar mi reflejo en los charcos como única compañía y el cantar de los
grillos al comenzar a anochecer como único sonido de mi habitual paseo.
Pero no. Escuché una voz. Unas risitas contenidas. Me acerqué cautelosa y pude ver una pequeña figura. De entre una melena oscura y salvaje se alzó una diminuta cara. Una niña.
Quizás lo más normal hubiese sido acercase, pero mi primera reacción fue quedarme observándola. Me inspiraba una gran ternura. No me acerqué, no dije nada. No quise romper el hechizo. Desee dejarle ser dueña de su soledad como yo lo era de la mía. Pero la curiosidad me hizo seguir observándola.
Sostenía un gorrión en la mano, en el dedo índice, y parecía tener una animada conversación con él, aunque por más que yo intentaba descifrar de qué hablaban, no entendía nada, pues pareciese que hablasen su propio y único idioma. Después de un rato, pareció como si se despidiesen: El gorrión hizo un gracioso gesto removiendo sus plumas, soltó un alegre gorgorito y echó a volar. La niña, por su parte, se despidió moviendo su mano de un lado a otro, sonriente, y se fue.
A partir de ese día me encontré con la niña en el mismo lugar todos los días. Seguía charlando alegremente con el gorrión. Me maravillaba. Me resultaba fascinante ver cómo el pequeño animal se posaba en ella sin temor, sin recelo, como si ella no perteneciese a la especie humana y sólo fuese un alma inocente e inofensiva sin atisbo alguno de malicia.
Eran tan cómplices que los envidiaba, su don me parecía increíble “¿Cómo es posible que sea capaz de hablar con un pájaro?” Me repetía.
Pero no. Escuché una voz. Unas risitas contenidas. Me acerqué cautelosa y pude ver una pequeña figura. De entre una melena oscura y salvaje se alzó una diminuta cara. Una niña.
Quizás lo más normal hubiese sido acercase, pero mi primera reacción fue quedarme observándola. Me inspiraba una gran ternura. No me acerqué, no dije nada. No quise romper el hechizo. Desee dejarle ser dueña de su soledad como yo lo era de la mía. Pero la curiosidad me hizo seguir observándola.
Sostenía un gorrión en la mano, en el dedo índice, y parecía tener una animada conversación con él, aunque por más que yo intentaba descifrar de qué hablaban, no entendía nada, pues pareciese que hablasen su propio y único idioma. Después de un rato, pareció como si se despidiesen: El gorrión hizo un gracioso gesto removiendo sus plumas, soltó un alegre gorgorito y echó a volar. La niña, por su parte, se despidió moviendo su mano de un lado a otro, sonriente, y se fue.
A partir de ese día me encontré con la niña en el mismo lugar todos los días. Seguía charlando alegremente con el gorrión. Me maravillaba. Me resultaba fascinante ver cómo el pequeño animal se posaba en ella sin temor, sin recelo, como si ella no perteneciese a la especie humana y sólo fuese un alma inocente e inofensiva sin atisbo alguno de malicia.
Eran tan cómplices que los envidiaba, su don me parecía increíble “¿Cómo es posible que sea capaz de hablar con un pájaro?” Me repetía.
Aparecí en el mismo lugar de siempre días después pero algo
era distinto. Esta vez estaba sola. En
silencio. Había estado llorando, tenía los ojos hinchados. Sus ojos oscuros y
tremendamente expresivos se habían convertido en brillantes azabaches
incrustados en su colorado rostro. Miraba al infinito como si ya nada
importase, como si estuviese derrotada. Conocía esa sensación, la de llorar
amargamente hasta quedarse sin lágrimas y esa paz melancólica y visceralmente
vacía y desgarradora que viene después,
pero jamás imaginé verla en los ojos de una niña.
Se me rompió el corazón y crucé esa delgada línea entre el entrometimiento y la preocupación. Sentía una profunda empatía hacia ella sin saber bien por qué, como si necesitase protegerla, como si fuese un delicado y frágil pajarillo herido. Así que me acerqué, lenta, muy lentamente.
Se me rompió el corazón y crucé esa delgada línea entre el entrometimiento y la preocupación. Sentía una profunda empatía hacia ella sin saber bien por qué, como si necesitase protegerla, como si fuese un delicado y frágil pajarillo herido. Así que me acerqué, lenta, muy lentamente.
-¿Qué te pasa, pequeña? -Miró hacia arriba buscando mi voz.
- Se ha ido. - Ni siquiera mi nombre me preguntó. Como si ya supiese de mí y de mi existencia, como si supiese que había estado observándola durante días.
-¿Quién se ha ido? – Pregunté de forma inocente
-Gorrión… Todos se van. Todos me dejan. - No entendí nada. Ella habló como si hubiese perdido a alguien de por vida. “Si sólo es una niña…” Pensé, “¿cómo puede decir estas cosas?”
-¿Todos? ¿Había más pájaros? -Supongo que no pensé demasiado mi pregunta, fue la primera estupidez que se me pasó por la cabeza debido a lo extraño de nuestra conversación.
-Claro. Ha habido muchos. Todos tan importantes… Y Todos se han ido. – Dijo con un hilo de voz al final.
-¿Me lo quieres contar? – Pregunté intrigada.
Se quedó pensativa unos minutos y, después, comenzó a
relatar.
-La primera fue Golondrina. Era dicharachera y cantarina, siempre me hablaba de todos los lugares que había visitado. Su gran sueño era recorrer el mundo entero.
Sin más, dejó de acudir a nuestro lugar de siempre. Nunca avisó, nunca volvió. Con el tiempo asumí que nunca podría haberla retenido a mi lado, pues su felicidad se traducía en cumplir su sueño. Me rompió el corazón. Fue la primera lección que aprendí.
Cuervo vivía en un cementerio. Era viejo, muy viejo, y tenía muchas historias que contar. Decía que había visto cómo enterrábamos a nuestros muertos y cómo les llevábamos flores. Solía decir que le parecía absurdo, pues pensaba que qué sentido tenía regalar flores a cadáveres que nunca podrían disfrutar de su belleza y olor.
Un día lo encontré caído del árbol, frío y rígido, totalmente inerte. De él aprendí que todo se acaba y se marchita.
Después vino Pavo Real. Los pavos reales son presumidos y elegantes y son tan bellos que una vez que ves uno, siempre sueñas con él. Charlábamos durante largas horas. Era muy alegre, pero siempre me decía que nunca sería lo suficientemente bonita.
Un día se fue, con un cisne tan perfecto y bello como él… O quizás más.
Y así es cómo aprendí que hay corazones que sólo se entregan a la belleza, aunque ésta no dure para siempre.
-La primera fue Golondrina. Era dicharachera y cantarina, siempre me hablaba de todos los lugares que había visitado. Su gran sueño era recorrer el mundo entero.
Sin más, dejó de acudir a nuestro lugar de siempre. Nunca avisó, nunca volvió. Con el tiempo asumí que nunca podría haberla retenido a mi lado, pues su felicidad se traducía en cumplir su sueño. Me rompió el corazón. Fue la primera lección que aprendí.
Cuervo vivía en un cementerio. Era viejo, muy viejo, y tenía muchas historias que contar. Decía que había visto cómo enterrábamos a nuestros muertos y cómo les llevábamos flores. Solía decir que le parecía absurdo, pues pensaba que qué sentido tenía regalar flores a cadáveres que nunca podrían disfrutar de su belleza y olor.
Un día lo encontré caído del árbol, frío y rígido, totalmente inerte. De él aprendí que todo se acaba y se marchita.
Después vino Pavo Real. Los pavos reales son presumidos y elegantes y son tan bellos que una vez que ves uno, siempre sueñas con él. Charlábamos durante largas horas. Era muy alegre, pero siempre me decía que nunca sería lo suficientemente bonita.
Un día se fue, con un cisne tan perfecto y bello como él… O quizás más.
Y así es cómo aprendí que hay corazones que sólo se entregan a la belleza, aunque ésta no dure para siempre.
Y, por último, llegó Gorrión, con el que he hablado de tantas cosas… No te imaginas lo
inteligente y locuaz que es. Sabía un poco de cada cosa que pueda existir en
este mundo. Decía que soy lista, y que
nunca debo parar de aprender, que tengo “potencial”. Pero ahora se ha ido, ¿No
soy lo suficientemente lista? Me ha abandonado también, como todos.
Me quedé callada. Todo ese relato me dejó perpleja. Pensé
que quizás la niña tenía una desbordante imaginación. Finalmente le contesté lo
primero que se me pasó por la cabeza.
-Claro que lo eres. Eres muy lista…. – Realmente no sabía que decir – Oye, ¿dónde están tus padres?- Fue, quizás, lo más realista y normal que se me ocurrió preguntar después de ver a una niña sola en un jardín a lo largo de tantos días. Empecé a sentirme miserable e idiota por no haberlo hecho antes.
-Claro que lo eres. Eres muy lista…. – Realmente no sabía que decir – Oye, ¿dónde están tus padres?- Fue, quizás, lo más realista y normal que se me ocurrió preguntar después de ver a una niña sola en un jardín a lo largo de tantos días. Empecé a sentirme miserable e idiota por no haberlo hecho antes.
-Todos se van, todos me dejan… - Repetía
- No digas eso, tan solo eres una niña… Venga, dame la mano, te llevaré a casa.
- No digas eso, tan solo eres una niña… Venga, dame la mano, te llevaré a casa.
La cogí de la mano y me soltó con violencia.
-Ya estoy en casa… ¡No soy una niña! - Me chilló con fiereza.
Iba a replicar, cuando, de pronto, la niña empezó a relucir de forma cegadora, incluso espeluznante. Su cuerpo empezó a transformarse lentamente. Sus brazos se convirtieron en enormes alas y su cuerpo se recubrió de un plumaje blanco y resplandeciente. Si mis ojos no me engañaban y yo no había perdido la cordura, lo que ahora tenía en frente de mi era una blanca paloma. No daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Juro que pensé que me había vuelto loca. La observé atónita y con la boca abierta durante unos minutos hasta que ella empezó a hablar.
-Ya lo entiendo. Todos tenemos un destino. Llevo mucho tiempo buscando un hogar y ser arropada por el calor de un corazón humano. No quería ser un pájaro; envidiaba vuestra forma de amar. Pero ahora lo tengo claro: Sois vosotros los que no sabéis disfrutar de la libertad y de vuestro cuerpo, nunca podréis volar al infinito como lo podré hacer yo. Siempre os encadenarán los lazos con otras personas y os acabaréis pudriendo por el dolor que eso os causará. – Me miró unos segundos y luego concluyó- Adiós, he de marcharme para siempre, te deseo que seas feliz en esa jaula a la que los humanos llamáis sentimientos.
Y echó a volar.
Lo primero que pensé fue algo tan estúpido como “Vaya, así que por eso podías hablar con los pájaros, porque tú eras una también”.
Reflexioné sus palabras, en si en verdad yo no era libre. Toqué mi corazón. Latía fuerte y mis mejillas ardían como leña recién quemada. Paloma había huido al no comprender los sentimientos humanos, pero, tenía razón en una cosa: Sólo nosotros somos dueños de nuestra verdad, y mi corazón humano no era una jaula, sino una llave con la que abrir las puertas de la tristeza y el dolor, pero, también, de la felicidad.
Y así, continué disfrutando de mi paseo de siempre por mi lugar favorito en el mundo, mi jardín secreto.
-Ya estoy en casa… ¡No soy una niña! - Me chilló con fiereza.
Iba a replicar, cuando, de pronto, la niña empezó a relucir de forma cegadora, incluso espeluznante. Su cuerpo empezó a transformarse lentamente. Sus brazos se convirtieron en enormes alas y su cuerpo se recubrió de un plumaje blanco y resplandeciente. Si mis ojos no me engañaban y yo no había perdido la cordura, lo que ahora tenía en frente de mi era una blanca paloma. No daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Juro que pensé que me había vuelto loca. La observé atónita y con la boca abierta durante unos minutos hasta que ella empezó a hablar.
-Ya lo entiendo. Todos tenemos un destino. Llevo mucho tiempo buscando un hogar y ser arropada por el calor de un corazón humano. No quería ser un pájaro; envidiaba vuestra forma de amar. Pero ahora lo tengo claro: Sois vosotros los que no sabéis disfrutar de la libertad y de vuestro cuerpo, nunca podréis volar al infinito como lo podré hacer yo. Siempre os encadenarán los lazos con otras personas y os acabaréis pudriendo por el dolor que eso os causará. – Me miró unos segundos y luego concluyó- Adiós, he de marcharme para siempre, te deseo que seas feliz en esa jaula a la que los humanos llamáis sentimientos.
Y echó a volar.
Lo primero que pensé fue algo tan estúpido como “Vaya, así que por eso podías hablar con los pájaros, porque tú eras una también”.
Reflexioné sus palabras, en si en verdad yo no era libre. Toqué mi corazón. Latía fuerte y mis mejillas ardían como leña recién quemada. Paloma había huido al no comprender los sentimientos humanos, pero, tenía razón en una cosa: Sólo nosotros somos dueños de nuestra verdad, y mi corazón humano no era una jaula, sino una llave con la que abrir las puertas de la tristeza y el dolor, pero, también, de la felicidad.
Y así, continué disfrutando de mi paseo de siempre por mi lugar favorito en el mundo, mi jardín secreto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario