viernes, 21 de septiembre de 2018

La soledad de los campos de la alcarria.

Mis ansias de huir se marchitaban en los confines de mi pueblo que, como muro infranqueable, tenía una explanada de geométricos y alineados cultivos, tan rígidos e interminables como lo habían sido aquellos años. Cada zanja cavada en la tierra era un foso de lamentos que absorbía mis lágrimas y hacía crecer salados olivos.


La belleza del campo siempre me pareció amenazante. La línea perfectamente recta que dibujaba el cielo con el horizonte delimitaba el vacío infinito que sentía dentro de mí, y que culminaba cada día en cada puesta de sol.
El paisaje, silencioso y envolvente, se perdía en las sendas de espliego, de un violáceo casi extraterrestre; los ocres arenosos, pardos y verdes apagados eran la idílica imagen de una paz aterradora, de un oasis de angustia, en el que el espacio tiempo no existía. La aridez se agarraba a mis pulmones y me ahogaba haciéndome sentir un pavor superlativo e intenso, como si la tierra se alimentase de mis miedos y quisiera anclarme allí para siempre.


Las hojas de los árboles ondeaban con la brisa y, ésta, me traía sus susurros pérfidos que me clavaban los pies a las piedras, con promesas malignas sobre que jamás saldría de allí y que mis huesos se perderían en el olvido haciéndose polvo en la inmensidad de aquel rincón en medio de la nada.

Con el tiempo, el miedo evolucionó a una simulada resignación, como la que sufre un naufrago que se abandona en el mar, con las extremidades adormecidas, de puro agotamiento y que sabe que las aguas se lo llevarán a lo más profundo tarde o temprano, en cuanto cierre los ojos.


En ese pedacito de la alcarria crecí, llena de pena, como crecen los árboles enfermos que se deshojan cuando todavía es primavera, desnudando el alma como lo hacía yo, a la soledad.


Cuando conseguí salir de aquel infierno, mis temores tardaron largo tiempo en apagarse y, aún con los recuerdos sepultados, en sueños, me asaltan de vez en cuando tempestades, queriendo atraparme de nuevo, mostrándome que algún día me pudriré bajo su tierra.

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