sábado, 9 de marzo de 2019

Hasta la siguiente sesión, doctor.

A impares días del encuentro en el bar de la esquina, donde no había un sólo copo de nieve a pesar de apodarse aquella tasca “La Nevada”, me da por hacer balance de lo vivido.

Cuando todo sucede muy rápido y no se vuelve a saber nada nunca más, es como si lo ocurrido fuera soñado y lo que hubiera podido pasar solo existiera en mi cabeza, como un delirio.

Y siempre suele ser como os cuento:

Me enamoro del artista, no del hombre vacío que hay detrás, al que yo siempre idealizo, pues pienso “Si imagina, debe soñar, Y si sueña, siente. Y Si siente, por narices, hay bondad”.

Pero siempre me equivoco, aún estoy sopesando el fallo:

Suelo confundir sus delirios de grandeza y sus estallidos de enfermedad (mental) con genialidad, pensando que su creatividad, como en mi caso, convive con ellos y les llama a la puerta de vez en cuando -Ding Dong, soy yo, tu inspiración, ¡Ábreme!- y sólo hay que dejarla pasar. Y nada más lejos de la realidad: Necesitan sufrir para crear y, si no hay drama verdadero ya lo inventarán ellos, agarrándose con fuerza a alguna espina clavada que acabarán convirtiendo en un trauma profundo y tormentoso.

Así pues, donde hubo una química inicial, acabo descubriendo una laguna insalvable: Un ser sombrío que ha creado un personaje para poder soportase a sí mismo en soledad. Y claro, llego yo, con el corazón en la mano, diciendo estas tonterías y tampoco me soportan a mí, porque no puedo hacerles de reflejo, porque es terriblemente odioso que venga alguien con más infiernos a la espalda, pero con el ingenio más grande. Yo les entiendo, yo también me odiaría, porque tampoco sabría entenderme.

A veces en el bar de la esquina ocurren muchas cosas que acaban cayendo en el olvido, como cuando nieva y al día siguiente la nieve se derrite y se evapora, como te evaporaste tú.


Hasta siempre.

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