sábado, 6 de abril de 2019


Era noviembre de 2014 y, después del peor verano de mi vida, mi abuela tras de un par de años dejándose llevar por su demencia frontotemporal, empezó, por fin, a apagarse.
Aquella tarde, en el mismo hospital que un día me vio nacer, el Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, la médico nos recibía con el rostro serio y nos dijo muy claramente que a mi abuela le quedaban unas horas de vida. Entré con mi madre y mi tío a la sala. Mi abuela estaba ahí, con los ojos opacos (nos dijeron que, con la pérdida de funciones vitales, se había quedado ciega y tampoco podía hablar). Cogí su mano y me despedí de ella. Me vacié de lágrimas por dentro por todo el sufrimiento de estos años. Ella era como una segunda madre para mi. Respiré y de la tristeza profunda salió un atisbo de alivio “Esto por fin se ha acabado, descasa, abuela”. Asumí su muerte.

Al día siguiente nos llamaron los médicos muy sorprendidos. Mi abuela no sólo no había muerto si no que, además, había remontado. Recuperó la visión, el habla y las fuerzas. No así, su consciencia. Su demencia estaba en un punto de no retorno y necesitaba un tratamiento especial, pues era una paciente especialmente conflictiva. (Algún día os hablaré de ello).
Durante cuatro años más se alargó el sufrimiento: Mantener convida su enfermo cuerpo y dejando que su mente se la comiese por dentro. Ella necesitaba una medicación potente y una sedación casi continua pues su enfermedad la arrastraba al delirio, sin saber quién era ella y perdiendo cada puñetero recuerdo. Se pasó cuatro años completamente sola y perdida divagando en otra realidad. Lloraba todas las noches, nos decían las enfermeras.
Las visitas cada fin de semana eran estocadas en el alma. Como si le llevase flores a un muerto que aún tiene aliento. Verla y no encontrarla. Tocar un fantasma, y, sobretodo: Violar mi razón. Yo la vi morir, joder ¿Qué clase de broma macabra era esa?
Mi abuela era la persona más fuerte que he conocido en mi vida. Fue una superviviente de su época. Una mujer insólita y adelantada a su tiempo, que sacó a su familia a cuestas luchando por cuantas penurias se le presentaron. Mi abuela era una mujer muy digna, que jamás habría querido verse postrada en una cama, reseca y escuálida, cagándose encima y viviendo en un delirio en la que su mente se precipitó a los confines de los recuerdos más lejanos de su infancia.
Cuatro años de crueldad: Un alegato hipócrita de la vida, pues eso no es vida, es una moralidad perniciosa, pues dejar morir con dignidad es, desde luego, más noble que mantener un cadáver con vida. Y no os voy a mentir, cada vez que la veía le deseaba la muerte, irónicamente, porque la quería con todo mi ser.

Una madrugada del verano pasado, nos llamaron de la residencia. Mi abuela había muerto mientras dormía, sin enterarse, la muerte se la había llevado de forma sigilosa. Mi tío y sobretodo, mi madre, lloraron a mares. Lloraron su muerte. Cedieron su frío y esquelético cuerpo a la Universidad Autónoma de Madrid (porque, amigos, si sois pobres, también morirse cuesta dinero).
Yo no. Yo hacía mucho que la había llorado. Esa noche dormí tranquila. Recuerdo que cerré los ojos y pensé “Abuela, por fin eres libre de toda esta mierda”.

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